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jueves, 8 de marzo de 2012

Triste desenlace

                Trabajé en un Centro Rural en Andalucía. Cubríamos varios pueblos y aldeas. Teníamos un coche para hacer avisos. Hacíamos guardias de fin de semana de 48 horas y componíamos el equipo; un médico, un conductor de ambulancia localizado y una enfermera.
               Eran las 7 de la tarde aproximadamente cuando nos llamaron por teléfono. Un paciente psiquiátrico llevaba varios días sin tratamiento y con ideas suicidas. Estaba muy alterado y agresivo y había tratado de matarse tirándose a un pozo. En ese momento teníamos varios pacientes en la sala de espera del Centro de Salud, de modo que mi compañero médico, decidió que no convenía que acudiésemos juntos al aviso. Yo iría sola y él se quedaría a resolver los problemas de salud de la gente que esperaba. Me dio instrucciones y partí.
               Tardé poco en llegar al domicilio. A la puerta de la casa estaban la mitad de los habitantes del pueblo esperándome. Había corrido la voz. Me indicaron el lugar y me acompañaron. Entré. El espectáculo era dantesco. Una estantería tirada en el suelo, cacharros rotos, libros esparcidos, muebles descolocados, el televisor hecho añicos. Una lámpara destrozada por el suelo. Signos de violencia. Sentí palpitaciones y cómo el miedo  se metía en mi cuerpo. No podía irme,  medio pueblo me acompañaba. Respiré profundo y entré hasta dentro. Armada con mi maletín simulé un control y una seguridad que estaba lejos de sentir.
               Al fondo tenían el patio interior. Cuadras, conejeras, cochiquera y gallinero. En el centro casi del patio, un pozo más bien estrecho.
                     .- ¿Dónde está el paciente?
                     .- Le tenemos encerrado en la porquera!!!
               Observo que las puertas están trancadas con una barra de hierro. No puede salir, golpea desesperado la puerta con gran energía. Grita, insulta y amenaza. No le he visto y ya imagino la fuerza que tiene. Me cuentan que pesa unos 100 kilos (necesito saber su peso para calcular la dosis de sedante que he de ponerle). Efectivamente, ese es el pozo al que ha intentado tirarse, pero no lo ha logrado porque no cabía;
                    .- ¡Es porque está muy gordo!  me cuenta su hermano.
               Llamo por teléfono a mi compañero al Centro de Salud. Le cuento la situación. Historia clínica del paciente, tratamiento, peso etc. Me da instrucciones. He de administrar un calmante fuerte para poder trasladar al paciente. Juntos calculamos la dosis.
              Cinco hombres, los más fuertes y el conductor de la ambulancia que acaba de llegar están ya listos. Abren la puerta de la porquera y el paciente se nos echa encima sin control, agresivo, rabioso, los ojos inyectados en sangre. Solo quiere huir, pero se defiende cuando intentamos controlarle. Agita los brazos, intenta mordernos, patalea, trata de escapar. Presenta un delirio florido, está en plena crisis. Todos sudan con el esfuerzo. Son momentos de gran tensión, pero al final conseguimos contenerle. Administro el inyectable vía intramuscular a través de la ropa dado que es imposible bajarle el pantalón siquiera unos centímetros. Esperamos a que el fármaco haga su efecto. Tras un tiempo que se nos antoja eterno advierto cómo las fuerzas comienzan a fallarle. Se va tranquilizando, notamos cómo se relaja. Compruebo que esté estable, que su vida no corra peligro, que esté seguro y confortable. Le montamos en la ambulancia y le enviamos al hospital. Atiendo a su madre y a su hermana. Están al borde del histerismo, casi casi como me encuentro yo. Regreso al Centro de Salud Rural exhausta, aterrorizada, impresionada, me cuesta calmarme.
               Unos meses después dieron de alta al paciente que volvió a casa. Los primeros días de su ingreso en un Centro Psiquiátrico, nos cuentan,  estuvo deprimido y se negó a comer. Adelgazó 15 kilos. Luego pareció resignarse y centrarse. Estaba más animado, por fin tomaba la medicación. No verbalizaba ideas suicidas. No parecía haber peligro y le dieron el alta. Regresó a casa y en un descuido volvió a intentar colarse en el pozo. Había adelgazado, ya cabía por el agujero así que consiguió su propósito y murió.
               Aún no soy capaz de sacar conclusiones. ¿Qué pasó? Y ¿Por qué cuando lo recuerdo me afecta?

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Simplemente fallo el sistema. Lo que ese infeliz no comprendía era su cabeza, y al final consiguió algo que buscaba y no comprendía.

Alberto M.F. dijo...

Cuando una persona tiene un trastorno mental que controla su vida, no conviene buscar razones ni sentirse culpable. Nada se atiene a razones. Tiene que ser muy duro ver delante de ti la pérdida de una vida. No soy enfermero, sino psicólogo, pero intuyo que, como te marcas como objetivo en tu perfil, sí contribuyes al desarrollo de tu profesión contando historias tan reales como esta, sea cual sea el perfil de quien te lea, sanitario o no. A mí me enganchó de principio a fin y mientras leía intenté ponerme en tu lugar, en el del protagonista y en el de los familiares. Te animo a que sigas escribiendo, merece la pena lo que tienes aún por contar.

Sonia dijo...

Muchas gracias Alberto, por leerme y por comentar. Y por tu amabilidad.

AmericaTocopilla dijo...

hola soy Enferemra al igual que tu, en esta experiencia que relatas, me parece que de tu parte debe existir una gran frustracion por el hecho de que el paciente fallecio posteriormente. Ya que entregaste tanto de ti para que se recuperara y cuando todo parecia ir bien, sucede este fatal desenlace. Para mi gusto faltaron cosas, no de tu parte sino del resto del equipo y quizas de la familia. A lo mejor un trabajo comunitario mas afiatado, no haber soltado todavia la mano. Porque estos paciente sicoticos, vuelven a reiterar sus cuadros.

Me impacto tu relato y esto es lo que he pensado de inmediato apenas te lei..

Un abrazo desde el norte de Ch8ile, Tocopilla

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